Me recibe con su puerta de Alcalá, toda imponente, o con sus Cibeles en medio de un caos automovilístico. Muchos dicen que no tiene encanto por ser la capital y estar sobre poblada. Otros como yo opinan que ella misma hace caso omiso a su condición de capital y es capaz de ofrecerte lo mejor de muchos sitios; desde lo más cosmopolita hasta esas vistas de la sierra nevada en invierno que recuerdan a los pueblos europeos más recónditos.
Es abrumadora, sí, impactante, está hambrienta y desesperada. Hambrienta de más, de más sitios para divertir, de más arte y pinceladas, de más cocina y papilas gustativas desenfrenadas, de más mezcla.
Pareciera llegar un momento en el que pierdes todo gusto, en el cual no puedes fijar la mirada en ningún lado, te vuelves un poco autista ante tantas vitrinas atacantes, festivales imparables, calles híper transitadas.
Una vez me encontré diciendo en medio de la calle que había tanto que mirar y tanto que hacer que ya no tenia ganas de mirar ni de hacer. Sin embargo, no fue un sentimiento negativo, fue más bien un sentimiento de confort. El saber que Madrid está allí para ti, llena, plena, "a tope" con elementos de toda índole me causó tranquilidad aunque parezca contradictorio.
No es una ciudad fácil, hay que saber llenarse de esa paciencia necesaria para recorrerla y no dejarse abrumar. Hay que pensar, mientras se recorren sus calles, que hay tiempo para todo, y que si no lo hay se conseguirá.
Madrid es digna de ser admirada, de no pasar por alto ni un centímetro de su geografía, de entrar en cuanto "garito" se te atraviese, eso sí, saboreando bien las cañas, la sidra o el vino. Sin apuros, sin tapujos. Ella siempre estará allí. Pero no te descuides, en un abrir y cerrar de ojos puede cambiar su faceta y ofrecerte más de lo que ya te ofreció una vez.
Es abrumadora, sí, impactante, está hambrienta y desesperada. Hambrienta de más, de más sitios para divertir, de más arte y pinceladas, de más cocina y papilas gustativas desenfrenadas, de más mezcla.
Pareciera llegar un momento en el que pierdes todo gusto, en el cual no puedes fijar la mirada en ningún lado, te vuelves un poco autista ante tantas vitrinas atacantes, festivales imparables, calles híper transitadas.
Una vez me encontré diciendo en medio de la calle que había tanto que mirar y tanto que hacer que ya no tenia ganas de mirar ni de hacer. Sin embargo, no fue un sentimiento negativo, fue más bien un sentimiento de confort. El saber que Madrid está allí para ti, llena, plena, "a tope" con elementos de toda índole me causó tranquilidad aunque parezca contradictorio.
No es una ciudad fácil, hay que saber llenarse de esa paciencia necesaria para recorrerla y no dejarse abrumar. Hay que pensar, mientras se recorren sus calles, que hay tiempo para todo, y que si no lo hay se conseguirá.
Madrid es digna de ser admirada, de no pasar por alto ni un centímetro de su geografía, de entrar en cuanto "garito" se te atraviese, eso sí, saboreando bien las cañas, la sidra o el vino. Sin apuros, sin tapujos. Ella siempre estará allí. Pero no te descuides, en un abrir y cerrar de ojos puede cambiar su faceta y ofrecerte más de lo que ya te ofreció una vez.
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