lunes, 3 de noviembre de 2008

Más que una mirada de soslayo para la capital de Catalunya

Vanessa Power Matteo
Barcelona, 3/11/08

Barcelona, Barça, BCN, me abre las puertas. El primer día me recibe con una frase anónima graffiteada que nunca olvidaré: “la belleza es tu cabeza”. Bravo por el autor de este arte callejero, pero también un thumbs down por atentar contra la limpieza e instalaciones del recinto universitario. No es mi objetivo dedicar el artículo al famoso graffiti, pero así cómo dicha frase fue mi abreboca a esta ciudad y a todo lo que me iba a encontrar en el camino, así quiero que sea el abreboca de este artículo.
Barcelona es una villa cambiante, con ritmo vibrante, siempre innovando, saltando, celebrando. Es muy difícil no recorrer sus calles sin pensar en Borges y sus laberintos, están por todas partes y te invitan a perderte en ellos, sin miedo alguno. Mi protagonista es camaleónica, es como una chica con su neceser en la mano mirándose al espejo. La imagino pintándose los labios de rojo, usando sus tacones negros y saliendo a cualquier hora del día dispuesta a triunfar. Una ciudad que “posa siempre bella para la foto” como me diría un compatriota venezolano en el término de dos “cañas” no muy frías y muy europeas en las inmediaciones de Plaza Catalunya.
Barcelona y toda la región Catalana se niegan a darle la espalda a su cultura, sus raíces, su arraigo social. El idioma catalán está siempre presente, está aferrado de sus hablantes con pega insoluble y en una lucha constante por permanecer anclado a esta tierra. Hay un brillo especial en cada hablante cuando pronuncian algo en su idioma. Es ese orgullo de llevar una insignia, es ese ego elevado al sentir que algo los diferencia y que están inmersos en una guerra inquebrantable para salvar un patrimonio tan esencial como lo es la lengua. Hay un tumbao’ inexplicable en el hablar de los catalanes, tal vez el mismo que tienen las olas de Barceloneta. Suelen confundirse a ratos con franceses y portugueses, sin querer establecer comparaciones.
Sus calles están inundadas de gente cosmopolita mezclada con abuelos que gozan de los recuerdos de haber sido jóvenes un día y haber vivido una Cataluña socialmente alborotada. Se comen entero el periódico, a la par que van tiñendo sus dientes amarillos con nicotina y cafeína. Hay gente como tú, hay gente como yo, como él y puede ser que como ella también. En Barcelona pareciera que cupiéramos todos y todo. Cabe el mar, cabe Gaudí, y cabe el frío invernal. Cabe el metro, el tranvía, las bicis, los buses, el funicular. Cabe Frank Gehry pero también cabe el artista callejero que se busca el día en la Rambla.
Barcelona es una urbe que me provoca desnudar entera. Hay que comérsela con desenfreno pero siempre saboreando cada bocado. Está llena de sabores, colores, olores, esquinas y rincones oscuros que incitan a quedarse o a volver, a darse la media vuelta, a abrir bien los ojos, tener los 5 sentidos en modo ON y entregarse. Sabores a tomàquet, a gambas y hierbas, a rape y queso de cabra.
Una ciudad costera que no está mostrando constantemente su cara playera. Es contradictoria, multifacética y hasta contraproducente por el carácter adictivo que suele tener. Mires a donde mires, no importa de dónde vengas ni qué estés buscando, encontrarás algo que detendrá tu espíritu por segundos, que provocará en tu alma un “crack” y querrás salir desaforado a devorártela.
Quiero poner sobre la mesa mi optimismo y decir que aquí los mitos del racismo, la xenofobia y la exclusión hay que enterrarlos. Hay que caminar por las calles sin miedo a ser llamado “sudaca”. Hay que embutirse con el pensamiento antifronteras por más que las divisiones territoriales nos indiquen lo contrario. Aquí, y en cualquier parte del mundo, el que se excluye es porque se quiere excluir. Si te sientes sudaca, sudaca serás, en su definición más peyorativa. Si te sientes parte del mundo, parte del mundo serás. Si vienes a Barcelona, parte de ella serás.

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